Cuatro años de golpe contra el pueblo brasilero

Por Umberto Martins

Hace cuatro años, el 31 de agosto de 2016, un miércoles, el Senado Federal aprobó el juicio político de la ex presidenta Dilma Rousseff y luego otorgó a Michel Temer un asiento permanente. La decisión consumaba el golpe de Estado iniciado el 17 de abril del mismo año, cuando la Cámara de Diputados, bajo la presidencia de Eduardo Cunha, admitió la apertura del proceso que resultó en la destitución del presidente.


Aunque con poca popularidad, Dilma no cometió ningún delito que justificara el juicio político. De hecho, fue víctima de un golpe de Estado sostenido por poderosas fuerzas y encaminado a lograr objetivos más amplios y profundos.


En este sentido, Estados Unidos, importantes capitalistas nacionales y extranjeros, los medios de comunicación hegemónicos, sectores del Poder Judicial, incluida la Corte Suprema, se han unido en este sentido. Washington instruyó la Operación Lava Jato, parte fundamental del golpe de Estado, y brindó la inteligencia y estrategia del emprendimiento que tuvo entre sus protagonistas políticos a figuras como Michel Temer, Eduardo Cunha, José Serra y Aécio Neves.


Los dos principales objetivos del golpe fueron:


1- La reorientación de la política exterior de Brasil en línea con los intereses y estrategia geopolítica de Estados Unidos y en detrimento de Brics, Unasul, Celac.


2- La imposición de un proyecto político orientado a restaurar la hegemonía neoliberal, destrucción del Derecho Laboral y Seguridad Pública, privatizaciones y desmantelamiento de servicios públicos esenciales.


La resistencia de las fuerzas democráticas y progresistas no pudo impedir que el golpe de Estado avanzara en sus propósitos. La reforma laboral de Temer, diseñada en la sede de la Confederación Nacional de la Industria, esto significó un serio revés para la clase obrera y los sindicatos.


La aprobación del EC 95, que estableció la congelación del gasto público primario por 20 años, redujo sustancialmente los fondos para el Sistema Único de Salud (SUS), universidades públicas, educación, vivienda, infraestructura, ciencia, investigación y cultura. En el altar del nuevo régimen fiscal, también se sacrificó la política de apreciación del salario mínimo.


Levantamiento de extrema derecha

El golpe fortaleció a la extrema derecha y se coronó con el ascenso de Jair Bolsonaro a la presidencia en el 2018, hecho posible por la condena y encarcelamiento injusto del ex presidente Lula bajo la Operación Lava Jato. Lula fue el único candidato que podía ganar al líder de la extrema derecha brasileña, pero se le impidió participar en las elecciones. Los tribunales superiores apoyaron el golpe.

Adorado por las élites empresariales, el político neofascista, apologista de la tortura, la dictadura militar y el anticomunismo, radicalizó el proceso de restauración neoliberal. Con el apoyo del Congreso Nacional, dominado por fuerzas conservadoras, reformó la normativa del Seguro Social sacrificando los intereses de los trabajadores, redactó diputados aumentando la precariedad de las relaciones de producción y anunció una nueva cartera de trabajo sin las garantías de la CLT.


Enemigo mortal de la clase trabajadora, el gobierno de extrema derecha está marcado por ataques a la democracia, la libertad de expresión y prensa, el medio ambiente, las comunidades indígenas, los agricultores familiares, las mujeres, los negros, los homosexuales, los periodistas y los artistas.


O fator geopolítico

En materia de política exterior, Bolsonaro se comporta como un lacayo del presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Borracho de anticomunismo, también demostró ser un gobernante hostil a China, contra los intereses económicos de Brasil, que hoy encuentra esa principal fuente de divisas en ese país asiático.


Cabe señalar que el objetivo geopolítico del golpe de 2016 en Brasil tiene evidentes relaciones de parentesco con los motivos de los golpes en Honduras (2009), Paraguay (2012) y Bolivia (2019) y con otras victorias de la derecha neoliberal en el continente americano.

Estados Unidos fue el mayor beneficiario del golpe. Aliado con otros líderes de la derecha latinoamericana, Jair Bolsonaro ayudó a destruir Unasur, redujo el papel brasileño en los BRICS, vació a Celac, se sumó a la reaccionaria ofensiva estadounidense contra Venezuela y Cuba, apoya los crímenes de Israel y ataca gratis a Irán.

La OEA, que siempre ha estado dominada por Estados Unidos, ha recuperado su relevancia en el continente y jugó un papel importante en el golpe de Estado contra Evo Morales.

El nuevo arreglo geopolítico que se estaba diseñando en América Latina y el Caribe de la mano de líderes como Fidel Castro, Hugo Chávez, Lula, Evo Morales y Rafael Correa, en convergencia con China y los BRICS, se ha deshecho y se está revirtiendo.

La geopolítica no fue un factor menor en el golpe de 2016 en Brasil o en 2019 en Bolivia o antes en Paraguay y Honduras. Pero estos retrocesos en la historia no parecen estar en armonía con el sentido de la transición en curso hacia un nuevo orden mundial. No se debe perder de vista el hecho de que Estados Unidos es una potencia en declive. A diferencia de China.

Nada es eterno


Los golpistas encubrieron sus propósitos reaccionarios con las engañosas promesas de la ideología neoliberal y las apariencias libertarias del “estado mínimo”. Prometieron que las reformas de la legislación laboral y de seguridad social, atenuadas por el nuevo régimen fiscal instituido por la CE 95, producirían un tsunami de inversiones privadas y llevarían a la economía nacional a un paraíso de pleno empleo.

La verdad estampada en los hechos es el reverso de estas proyecciones, lo que indica que las ideas dominantes ya no corresponden a la realidad. También prometieron estabilidad política, pero el golpe no trajo nada de eso.

Las reformas neoliberales hicieron que las relaciones laborales fueran precarias y estuvieron acompañadas de un aumento del desempleo, el desánimo y la subempleo. La economía no se ha recuperado de la crisis de 2015/2016, ha pasado de la recesión al estancamiento (con un PIB que varió alrededor del 1% en 2017, 2018 y 2019) y ahora, con la ayuda de la pandemia, se ha hundido en la depresión.

El golpe de 2016 exacerbó la inestabilidad política, generó crisis institucionales recurrentes, comprometió la soberanía nacional y llevó a la joven y frágil democracia brasileña a una encrucijada histórica. Desde el punto de vista de los intereses nacionales y populares es un completo fiasco, aunque conviene a una minoría capitalista aquí y en Estados Unidos.

El tiempo es adverso, pero nada es eterno y definitivo en la historia. Tarde o temprano el futuro volverá a sonreír para quienes resisten y luchan por la soberanía, las libertades y los derechos del pueblo brasileño.

Traduzido por Jesus

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